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Este mes en la Revista : «Envejecer ha sido una liberación»
«Envejecer ha sido una liberación»

¿Qué se puede decir de Clint Eastwood que no se haya dicho ya? Para empezar, en Mula, a sus 88 años, el mítico Harry el Sucio se pone en la piel de Earl Stone, un anciano de Michigan que se vio arrastrado a convertirse en el portador de droga más viejo de la historia, haciendo de «mula» para el cártel mexicano.

¿Qué se puede decir de Clint Eastwood que no se haya dicho ya? Para empezar, en Mula, a sus 88 años, el mítico Harry el Sucio se pone en la piel de Earl Stone, un anciano de Michigan que se vio arrastrado a convertirse en el portador de droga más viejo de la historia, haciendo de «mula» para el cártel mexicano. Arruinado y con su negocio a punto de la quiebra, este horticultor veterano de la Segunda Guerra Mundial decidió cruzar la línea hasta verse atrapado entre las autoridades estadounidenses que le pisan los talones, la violencia bárbara del narcotráfico mexicano y, lo que es peor, su propia conciencia. Un personaje que encaja, por tanto, a la perfección en el canon de Eastwood, que en su última etapa ha sublimado su presencia como protagonista ante su última cabalgada, del vaquero William Munny en Sin perdón al gruñón Walt Kowalski en Gran Torino. Nos encontramos con el último gran cowboy de Hollywood, al que siempre le queda una bala en la recámara.

 

Lo primero que llama la atención es que esta historia de un viejo horticultor trabajando de traficante para un cártel sea verdadera. Sin embargo, no tuviste la oportunidad de conocer al auténtico Sharp, el personaje que interpretas, porque falleció en 2015.

Sí, fue una pena. Pero creo que al final ha sido algo positivo: se sigue manteniendo el misterio. Trabajar para un cártel es algo realmente peligroso. No se trata de trapichear en tu barrio, tienes tanto a los Estados Unidos como a México tratando de pisarte los talones por motivos diferentes. ¿Quién era realmente Sharp en su fuero interno? Eso es lo que nos causaba más intriga, lo que nos hizo apasionarnos y tratar de entender a este hombre que acabó protagonizando unos acontecimientos tan extremos.

 

Después de más de cinco décadas en la industria de Hollywood, ¿qué es lo que te hace seguir filmando y actuando? ¿Qué tiene que tener una historia o una película para decidir lanzarte a ella?

En este caso, se trataba de una historia muy intrigante, muy profunda. Hace tiempo que quería contar algo así en pantalla. Por otra parte, ¡llevan años queriendo retirarme! Nunca he dicho «este es mi último filme», es algo que se ha mencionado en la prensa… quizá es que tienen ganas de que abandone este oficio. Pero no es el caso. Bueno, nunca se sabe, pero no es algo que haya decidido ni que me plantee ahora mismo.

 

¿Y alguna vez tuviste un plan B por si tu carrera en el cine no funcionaba?

No realmente. Nunca pensé una estrategia para cubrirme las espaldas. Hice muchos trabajos diferentes en mi juventud, con los que me financié mi camino hasta el instituto, el City College de San Francisco, donde todo consistió en discernir qué demonios iba a hacer con mi vida. Fue entonces cuando alguien me llevó a clases de arte dramático, en las que había como cuatro o cinco chicos y como veinticinco chicas. Me dije: «¡Este es un gran sitio, me necesitan aquí!» (risas). Una vez que te metes en esto de la actuación, es un poco un proceso sin fin: nunca aprendes nada, se trata de experimentar diferentes cosas, diferentes papeles... es una enseñanza de vida, en realidad.

 

Te lanzaste a la dirección, a pesar de que podrías haber tenido una vida muy cómoda como actor de Hollywood después del éxito mundial de Harry el sucio. ¿Qué te hizo querer ponerte detrás de la cámara? ¿Por qué esa ambición?

Al principio de mi carrera sufrí el desprecio de mucha gente de la industria. No confiaban en mí, y es una espina que me quedó clavada. Quería probar que se habían equivocado conmigo, demostrarles que habían sido prejuiciosos. No quise limitarme al tipo de papeles en los que directores o productores querían encasillarme. Quise poner a prueba de qué molde estaba hecho. También, en esa época, pude fijarme en el tipo de elementos que se necesitaban para hacer una buena película. Es curioso, pero después de haber participado en varios filmes que fracasaron sentía más confianza: yo podía hacerlo y podía hacerlo mejor. Por ejemplo, es algo en lo que pensé cuando protagonicé Los violentos de Kelly. Confianza o arrogancia, llámalo como quieras. Incluso después de Harry el Sucio, me negué a seguir interpretando ese mismo tipo de papeles o a involucrarme en películas similares. Me negué a encasillarme, a acomodarme.

 

¿Y fue difícil conseguir que un estudio te produjera tu primera película, Escalofrío en la noche, incluso aunque fueras una gran estrella?

Sabía que podía rodarla con un presupuesto bajo sin que se resintiera lo más mínimo, así que fui al despacho de Lew Wasserman (jefe de los estudios Universal en los setenta, N. de la R.) y le dije: «Este es el proyecto que quiero hacer». Le miré fijamente a los ojos. Y me dijo: «¡OK!». Y pensé: ¡pues sí que es fácil! (risas). Luego mi agente me dijo que no querían pagarme por dirigir el filme, pero me pareció justo: estaban apostando por mi, dándome esa oportunidad, ¿por qué iban a hacerlo? Tendría que ganarme mi salario y mi lugar como director, y me pareció bien. A mi agente no le entusiasmó tanto la idea, claro. Al final acabamos llegando a un acuerdo: ellos me pagaban solo un porcentaje de la taquilla que hiciera, y como la película funcionó bien, resultó mejor que si me hubieran pagado solo el sueldo por dirigir. Después, una vez que comprobé que podía llevar a cabo el trabajo, me empeñé en hacer un wéstern, porque es el género al que pertenezco. Así nació Infierno de cobardes. Luego una cosa llevó a la otra, ¡y aquí sigo! Ha resultado ser un buen trabajillo complementario (risas).

 

¿Y te ves alguna vez colgando la claqueta?

¿Para hacer qué? ¿Sentarme a orillas del río y beber cerveza? No, gracias. Si tienes la suerte de disfrutar de tu trabajo y sientes que todavía puedes ser productivo, ¿por qué parar? Tengo la suerte de que dirigir no requiere que salte de una montaña o me monte a un tren en marcha. Solo tengo que leer los guiones, hablar con los actores y pensar en formas creativas de contar una historia. Mi plan original hace cuarenta años, cuando dirigí Escalofrío en la noche, era tener esta segunda carrera para poder recurrir a ella una vez que ya no pudiera ser el actor principal en una película. Y ahora con Mula sigo estando delante y detrás de las cámaras, soy muy afortunado.

 

Mula ha sido todo un éxito multimillonario en la taquilla estadounidense, y sin apenas campaña de publicidad. ¿Te sorprende que sigas teniendo ahora, tantas décadas después de convertirte en la mayor estrella del mundo, tanto tirón como entonces?

Envejecer ha sido una liberación para mí. Cuando era joven estaba algo enfadado con el mundo porque mi ambición de convertirme en músico de jazz se vio truncada cuando me llamaron a la guerra de Corea, aunque finalmente nunca combatí. Después, pasé mucho tiempo sin poder acceder a buenos papeles, hasta que empecé a hacer películas del oeste con Sergio Leone. Tardé muchos años, incluso luego de haber conocido el éxito, sentirme aliviado a nivel psicológico. Era algo con lo que cargaba, un peso que me generaba mucho estrés. Recuerdo que me preparaba de una manera excesivamente intensa para los papeles, a pesar de que luego tuviera que interpretar a un tipo relajado y cool. Con el tiempo me di cuenta de que no necesitaba torturarme de ese modo. Ahora me siento más en paz conmigo mismo que nunca, esa energía negativa se ha desvanecido.

 

Echando la vista atrás, ¿hay alguna película en la que actuaste que te hubiera gustado dirigir? ¿Y al revés?

¡Es una pregunta imposible de contestar! Nada de lo que me ha acabado ocurriendo ha sido algo planificado. Todo ha sido un viaje en el que he ido respondiendo a las cosas conforme se me planteaban, he tratado de sacarles el máximo provecho.

 

Algo sobre lo que sí te has lamentado varias veces es de no haber tenido una relación más cercana con tu padre.

Mi familia se mudaba constantemente, tanto mi padre como mi madre trabajaban como mulos. También hay que tener en cuenta que eran los años treinta, y por entonces no era habitual pasar tiempo hablando las cosas, dando explicaciones a los niños… Todos sabíamos lo que teníamos que hacer, y no había lugar para lloros o quejas sobre la vida. Algo que ahora mismo sería impensable, me parece. Después de la muerte de mi padre me vino un sentimiento de culpa muy fuerte porque nunca le dije cuánto lo quería. Debería habérselo dicho. Pero estaba absorto en mi trabajo y mi vida, y no pasé el tiempo suficiente con él, el tiempo que habría merecido. Quizá algún día haga una película sobre eso…