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Este mes en la Revista : «HACER CINE NO ES UNA CUESTIÓN DE VIDA O MUERTE. ES LAS DOS COSAS A LA VEZ»
«HACER CINE NO ES UNA CUESTIÓN DE VIDA O MUERTE. ES LAS DOS COSAS A LA VEZ»

Un ser polifacético: actor, fotógrafo, poeta y músico, entre otras cosas. De origen argentino y danés, residente en Madrid y en Los Ángeles, héroe de superproducción hollywoodiense y presencia enigmática del cine de autor. El valiente rey Aragorn, el capitán Alatriste, pero también el mafioso fibroso de Promesas del este y el sofisticado Freud de Un método peligroso. Este mes lo veremos como el chófer italoamericano brutote de Green Book , la principal candidata a batir en los Óscar el próximo 24 de febrero. Pero, por encima de todo, ¿quién es Viggo Mortensen? Un enamorado del gran salto al vacío. POR PIERRE BOISSON EN LA LOBERIA (ARGENTINA)

«Prefiero simplemente aprovechar el hecho de estar donde estoy, aunque jamás haya logrado averiguar cómo llegué.»  Si Viggo Mortensen ha llegado hasta aquí es porque va a hacer lo que mejor sabe hacer: embarcarse en una aventura. «Casi todas las buenas cosas de la vida llegan cuando saltas al vacío —teoriza el actor encendiendo un cigarrillo—. Me gusta trabajar sin que nadie tenga que postrarse de rodillas ante nadie, sin copiar a ninguna otra película. Me viene bien, es justo lo que busco: tirarme por el acantilado.» No puede negarse: Mortensen nunca ha sido de los que se quedan tranquilamente mirando desde el borde. Nada más terminar el instituto, a finales de los setenta, dejó los Estados Unidos y se fue a la Dinamarca de sus ancestros, donde se dedicó a conducir camiones e interrogarse sobre su futuro. «Tenía 20 años, me encontraba viajando por el norte de Noruega», recuerda. Buscando llegar «lo más alto posible», el joven Mortensen se pierde y sobrevive encendiendo un fuego hasta ser rescatado por unos habitantes de la región, los Samis, un pueblo indígena de origen ugrofinés. «Me acogieron a cambio de mi trabajo. Después quisieron convencerme para que pasara el invierno allí. Me ofrecían un abrigo y varios kilos de carne. Y, como decía que no, me trajeron incluso a una gordita que debía de tener 16 años. Tal vez debería haberme quedado. Habría sido una experiencia interesante. El año siguiente, la cultura de ese pueblo quedó destruida por Chernóbil.» Su hombro derecho luce un tatuaje de un cuervo; el izquierdo, un corazón atravesado por una flecha; y en las muñecas, la letra «H» trazada con una tinta que gotea: los brazos de Viggo cuentan la historia de un buscador de oro. Un buscador que terminó encontrándolo, pero que no piensa por ello detenerse. «¿Qué es lo que hace que una vida avance y tenga éxito? No lo sé. Creo que depende de la curiosidad, de la capacidad de comprender culturas y lenguas. Abrirse al mundo», reflexiona nuestro protagonista. Además del cine, Mortensen escribe poesía, pinta, ametralla con su Canon, que jamás olvida, y publica todo a través de su casa de edición, Perceval Press.  Entre sus obras personales se encuentra Linger , una serie de fotografías de paisaje en blanco y negro y At All, un disco new age donde interpreta piano y guitarra. Últimamente, Viggo ha sido teclista para el enigmático guitarrista Buckethead, conocido por lucir permanentemente un cubo de KFC en la cabeza. En lo que al cine se refiere, es como si su éxito en El señor de los anillos, una película vista por un cuarto de la población mundial, no hubiera cambiado nada. Hoy como ayer, Viggo puede lanzarse a producciones europeas (Alatriste, Lejos de los hombres) o al cine de autor de línea dura (Jauja) y seguir interpretando en Hollywood una película clásica de gran corazón como Green Book.

 

El método Viggo

«Muchos actores dejan que el traje les haga el personaje. Viggo es lo contrario: participa en su creación. Se implica mucho en el estilo, en las elecciones artísticas.» Julia Kovadloff, asistente de  vestuario de Mortensen en Jauja, lo confirma: «La mayoría del vestuario lo consiguió él mismo. ¡Apenas teníamos nada que hacer!». Un compromiso total que es más bien habitual para un actor que enviaba cada noche un fax de varias páginas a Peter Jackson para transmitirle sus impresiones durante el rodaje de El señor de los anillos. Un intérprete que, para preparar Promesas del este, recorrió Rusia en solitario, durante quince días, entre Moscú, San Petersburgo y los Urales. Y que, más recientemente, se compró la máquina de escribir original de William Burroughs y escuchó todas las grabaciones del escritor para interpretar a Old Bull Lee, el Burroughs de En el camino. «Son grabaciones suyas de cuando tenía 30 años, me sirven para trabajar mi voz y mi acento», precisa. Todo ello para una secuencia de unos pocos minutos perdida en una película de dos horas y veinte. Todo esto no sorprende a David Midthunder, que actuó con él en Océanos de fuego, una película de 2004 donde el pueblo Sioux tiene un peso importante: «Pasaba muchísimo tiempo totalmente solo con su caballo. Se iba a dormir con él en el desierto. Incluso le hablaba en lakota, la lengua india». Algo así como un regreso al Actors Studio. «Viggo se convierte en su personaje de una forma que jamás había visto en otro actor» , continúa Midthunder. Lógicamente, los frutos acaban llegando: estamos hablando de un hombre que maneja la espada como un as, que sabe disparar con gran precisión, que habla inglés, español, danés y francés y que canta en quenya, el idioma inventado por Tolkien.

 

Una vez en el set de rodaje, Viggo es una máquina. «Hacer cine no es una cuestión de vida o muerte — sentencia Viggo—.Es las dos cosas a la vez.» Está dispuesto a repetir tomas todas las veces que sean necesarias sin mostrar el menor síntoma de fatiga. Reescribe los diálogos y, de paso, echa una mano en la tarea de dirección de actores. «Se dan premios para los “supporting actors” y “leading actors”, pero un buen actor es siempre un “supporting actor”. Si el otro actor interpreta bien la escena va a funcionar mejor, y yo seré mejor. Se trabaja mejor así, creo yo.»

 

Montaraz Mortensen

«Cuando estoy en un lugar salvaje, con pocas huellas de la civilización, me siento siempre contento. Allí no puedo estar triste, o pensar que estoy perdiendo el tiempo, como me pasa a menudo cuando estoy con gente en las ciudades. Participar en una producción de bajo presupuesto y al aire libre en lugares lejanos no es ningún problema —confirma la estrella—. Hay que aprender a soportar un poco de todo, como en la vida real.» Cuando no rueda, Mortensen vive al margen del mundo al cual, se supone, pertenece. Pocos festivales, o ninguno, pocas recepciones ni cocteles... «Soy un poco tímido », confiesa. ¿La verdad? Viggo prefiere el deporte a la vida mundana. Nacido en Nueva York, hijo de una estadounidense que conoció a su marido danés en las pistas de esquí noruegas, Mortensen tuvo una infancia más bien agitada. Durante sus tres primeros años de vida, vivió a salto de mata entre tres países: Estados Unidos, Dinamarca y Venezuela. Después, sus padres se instalan en Argentina. Se divorcian y vuelta a marchar. En su corazón, un único lazo: el equipo de fútbol argentino San Lorenzo. A falta de tener un país, ¿tiene Viggo un club de fútbol? Es posible. Pero no hay que pasarse, según él: «Tal vez haya algo de eso, pero puede que también sea un simple capricho de infancia. Un día fui a ver un partido en el que San Lorenzo jugaba de visitante, en Rosario, junto con varios hinchas. Nos metieron dos goles cuando solo quedaban unos minutos para el final. Al acabar, me quedé sentado, cabizbajo. Y eso es peligroso cuando no estás en tu estadio. Los demás me decían: “Tenemos que irnos ya, Viggo”. Los hinchas rivales nos tiraban de todo: ladrillos, monedas, de todo. Cuando me eché a correr cubriéndome con los brazos, uno me gritó: “¡Eh, tú, señor de los anillos, ponte tu anillo y desaparece!”. Me hizo tanta gracia que me caí al suelo. El día siguiente fui al estadio con un amigo, me subí en sus hombros y me dediqué a poner pegatinas de San Lorenzo por todas partes. Si vuelvo a Rosario, soy hombre muerto». Cuando Viggo cuenta esta escena, todavía tiene una sonrisa maliciosa en el rostro. «Voy al estadio para ver las cosas raras que hace allí la gente», termina por soltar en una carcajada.

 

Más que el fútbol, más que el cine, lo que a Viggo le gusta es reír. Con frenes í. «Creo que el humor está en todas partes —dice—. El hecho de estar vivos es ya de por sí bastante absurdo. Pero sobre todo, y tal vez sea mi lado danés, me gustan la ironía y los contrastes.» En tiempos de

El señor de los anillos, Mortensen se dedicó durante varias semanas a dejar en el contestador de Elijah Wood mensajes absurdos con acento de militar alemán, entrecortados por risas histéricas. Verdadero liante, al actor le gusta deslizar una pizca de esa absurdidad en sus personajes, sea el Old Bull Lee de En el amino, o el metódico asesino de Una historia de violencia. «Para mí, en todas las películas serias hay momentos de humor.» ¿Y hacer directamente una comedia? Hasta hace poco, Viggo, se lamentaba: «No pensaban en mí para ese tipo de papeles. No sé por qué, pero nunca me habían dado la oportunidad». Por eso, le ha entusiasmado participar en Green Book, que combina drama social y comedia socarrona como solo un hermano Farrelly podría hacer.

 

Viggo No Ego

Cuando un día le preguntaron cuál era su mejor chiste, Mortensen respondió sonriendo: «Yo». Y la respuesta tal vez fuera en serio. Lo que es innegable es que el actor siempre ha visto a Hollywood con cierta distancia, incluso con cierta ironía. Una forma como cualquier otra de recordar que todo eso carece de importancia. «En el mundo del cine, la gente se toma demasiado en serio a sí mismos...Especialmente los hombres: son peores que las mujeres. Se piensa constantemente en ganar premios o dinero. Pero, para mí, los premios no tienen nada que ver con mi trabajo.» Una actitud que, en este mundo de spots publicitarios y fastos ceremoniales, intriga, en el mejor de los casos, o inquieta, en el peor. Para Hollywood, Viggo Mortensen es el mismo personaje que el Aragorn de El señor de los anillos: un rey que renuncia a su trono y prefiere andar por el mundo en harapos. Fabián Casas, poeta en cuya casa duerme Viggo cada vez que está de paso por Buenos Aires, lo confirma y precisa: « Ha renunciado a cualquier tipo de vanidad. No tiene mucha ropa, da todo lo que tiene. Todo el mundo tiene su pequeño ego y a menudo nos gustaría deshacernos de él, pero es imposible. Él lo consigue. Es la única persona en el mundo que conozco que haya conseguido desembarazarse del todo de su ego» . No por nada le apodaron «Viggo No Ego» durante el rodaje de El señor de los anillos. Durante la filmación, Mortensen descorcha las botellas de vino, da puñetazos en la mesa para felicitar al cocinero, se come el asado con las manos y se sube en la parte trasera de las camionetas. Algunas noches, mientras los demás se toman una copita, él desaparece silenciosamente para ir a fregar los platos.

 

 ¿Y qué opina Mortensen, precísamente, de desaparecer? Por mucho que el actor tenga unos vivos ojos azules y una musculatura impresionante, su carnet de identidad no engaña: 60 años. ¿Pasa la vida? Sombrero de cowboyen la cabeza, Viggo Mortensen enciende un último cigarrillo contemplando las fulgores del ocaso que iluminan el desierto argentino. «A veces pienso en la muerte —dice—. Me hago viejo y, posiblemente, vaya hacia ese destino. Pero no es una certeza científica. De momento, nadie ha podido demostrar que yo vaya a morir algún día.» Declaraciones recogidas por PB