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Este mes en la Revista : LOS HERMANOS SISTERS
LOS HERMANOS SISTERS

Yo te creo, Sister

¿Cómo empezar una película? Hay cineastas, mejores o peores, que saben contestar a esta pregunta, y el francés Jacques Audiard es uno de ellos. En el caso de Los hermanos Sisters, sencillamente, justifi ca una vez más el valor de la sala oscura y de la proyección cinematográfi ca. Las luces de la sala se apagan, la pantalla se torna negra y, de pronto, un pequeño fogonazo en un costado. Luego, otro en el contrario. Bang, bang. ¿Quién dispara, y contra quién? En la oscuridad no hay perspectiva, y casi sería divertido pensar que se dirigen hacia el espectador. Pero en ese caso también a la pantalla, a la que parecen estar hiriendo. De ser así, la verdadera herida es la que se nos muestra en un género, el wéstern, en tiempos de percepción ultrarrealista. Sencillamente, lo que el espectador está viendo es un tiroteo en un fi lme del Oeste, un tiroteo nocturno. Un efecto propio del cine cómico o de dibujos animados que, sin embargo, aquí nos introduce directamente en las reglas del juego de la película. Sí, el Oeste fue también eso: pegarse tiros a oscuras, sin ver al adversario. No una obra precisa y limpia, sino un azar absurdo sometido a las emociones que sus propios e imperfectos protagonistas eran incapaces de formular. De hecho, toda la cinta girará en torno a los diálogos de estos dos hermanos «Sisters», hermanos/hermanas, contradictorios, en una inversión permanente de valores y ambiciones, de miedos y de otras patologías diversas. Ese es el riesgo de la película: someter al género a una visión psicologizante que podría haberlo debilitado, reducirlo a la desorientación de los hermanos obsesionados con sus progenitores, el falo paternal visto como un muñón. Riesgo que, paradójicamente, es salvado por el elemento menos estadounidense de la ecuación, pues no son los actores (estadounidenses) quien aportan el vigor, o no tanto como el director (francés). Jacques Audiard, pese a venir del país de Lacán, parece más fascinado con la propia idea de aventura innata al cine hollywoodiense. Es así como esta cinta, que en otras manos podría haberse convertido en una obra intelectual excesivamente fría o excéntrica, en las suyas se nutre del propio deseo insaciable de aventura que siente como director. En su primera película norteamericana, Audiard disfruta del wéstern como un niño con un tren de juguete de lujo: haciéndole vivir increíbles peripecias. Solo que estas peripecias son vividas por vaqueros nuevos, capaces, por ejemplo, de llorar si se les muere el caballo. Rara vez se han visto así las emociones e ilusiones de este mundo lleno de pobres cowboys (como los protagonistas) o ambiciosos y sensibles visitantes de la costa Este (los que les embarcan en una «milagrosa » quimera del oro). Un mundo en una contradicción constante entre barbarie y sensibilidad. Hermanos/ hermanas. IRENE ARETA